12 mar. 2012

Fukushima a un año.

Publicado en La Jornada Modelos el 12 de marzo de 2012


Hace un año, el 11 de marzo de 2011, ocurrió el devastador tsunami que cambió el rumbo de Japón y del que tardará muchos años en recuperarse en un sentido físico aunque nunca lo logrará en el anímico. Diez días después escribí en esta columna sobre los eventos terribles que sucedieron en la central nucleoeléctrica de Fukushima a consecuencia de este tsunami. Aseguraba que una de las consecuencias más relevantes era el fin del mito de la total seguridad en este tipo de centrales generadoras de electricidad, que se habían invalidado de tajo los cinco aspectos claves de seguridad que siempre nos habían reiterado los expertos en esta materia que nunca pasarían:
un terremoto no afectaría la integridad de una planta nucleoeléctrica, un tsunami no afectaría su operación, la sólida construcción del edificio externo de una unidad nucleoeléctrica evitaría que las posibles emisiones de radiación que se produjeran en el interior del reactor salieran al exterior, existen medidas de seguridad automáticas que evitarían la emisión al ambiente de radiactividad del combustible que está siendo utilizado durante la operación de una central nucleoeléctrica, y los restos del combustible nuclear que ya fue utilizado son almacenados de manera completamente segura en albercas dentro de las propias instalaciones y no contaminarían al ambiente. Analicemos Fukushima a un año.
José Reinoso publicó, en El País del 2 de marzo pasado, una colección de datos recogidos de distintas fuentes sobre la magnitud de la catástrofe producida por el tsunami. Dejó a su paso 15,854 muertos y 3,276 desaparecidos. Más de 3,000 edificios fueron arrancados de cuajo o destruidos completamente. En muchos lugares de los cientos de kilómetros de la costa de Japón destrozados por el maremoto, la masa de océano superó los 13 metros de altura (el equivalente a cuatro pisos), y en algunos puntos llegó a 30 o 40 metros. Se rompieron 45 diques y fueron dañados 78 puentes y 3,918 tramos de carretera. Aún hoy siguen desplazadas de sus hogares 343,000 personas, 90,000 por el desastre nucleoeléctrico. El Gobierno Japonés estima en 2.8 billones de pesos los daños en edificios, infraestructuras, vehículos, fábricas e instalaciones agrícolas y pesqueras, entre otros.
Japón se enfrenta a una situación única, una especie de experimento energético a gran escala sin precedentes, escriben José Reinoso y Rafael Méndez, en El País del 9 de marzo pasado. Desde Fukushima, el país comenzó a apagar poco a poco sus 54 reactores nucleoeléctricos, ahora solo hay dos en marcha y en mayo no quedará ninguno funcionando. Para evitar problemas con el suministro eléctrico Japón ha tenido que aumentar sus importaciones de gas natural e impulsar el desarrollo de sistemas que aprovechan las energías del viento y del sol.
The Economist señala en un editorial, el 10 de marzo pasado, que la culpa del accidente de Fukushima recae en los burócratas, los políticos y la industria por haber permitido que su entusiasmo por la nucleoelectricidad les haya dejado tener una débil regulación, unos sistemas de seguridad que no funcionaron y una gran ignorancia sobre los riesgos tectónicos. Apunta además que estas personas no estaban en una dictadura en decadencia como los culpables del accidente en Chernóbil, sino que tenían responsabilidades frente a votantes, accionistas y la sociedad. La nucleoelectricidad, indican, será instalada cada vez menos en países realmente democráticos. Sin el apoyo de los gobiernos, las compañías privadas simplemente no construirían centrales nucleoeléctricas y no sólo por oposición de los habitantes en las localidades, sino porque los reactores son muy costosos. El gasto de los pocos reactores que se están terminando de construir en Europa ya ha sobrepasado por mucho su presupuesto original. En Estados Unidos, donde está operando el mayor número de estas instalaciones nucleoeléctricas y donde el gas “shale” (gas natural proveniente de los mantos de esquistos bituminosos) ha reducido drásticamente el costo de generar electricidad, tal vez sólo se instalarán dichas plantas en mercados de electricidad regulados como los del sureste del país.
La Agencia Internacional de Energía Atómica publica regularmente comunicados sobre el estado de la Planta Nuclear de Fukushima Daiichi, el monitoreo de la radiación ambiental, el estado de los trabajadores y condiciones en la planta, entre otros. En su último reporte, el 23 de febrero pasado, presentan que: TEPCO, la compañía dueña de la central, continúa activamente monitoreando el aumento de la temperatura según un sensor localizado al fondo del Vaso de Presión del Reactor de la Unidad 2 y que era sólo este sensor, de muchos, el que indicaba aumento de temperatura; el Ministerio del Ambiente acaba de publicar un “Mapa de ruta para las actividades de remediación ambiental”; TEPCO ya planea cubrir con una mezcla de bentonita y cemento una área del suelo marino cercano a la planta donde había detectado altas concentraciones de radionúclidos; TEPCO reitera los reactores siguen desde diciembre pasado en condiciones de “apagados en frío”; y el Ministerio de Salud, Trabajo y Bienestar señaló que de una muestra total de 14344 muestras de alimentos en diversos sitios de Japón sólo 76 tienen cantidades superiores a la norma con relación a Cesio 134, Cesio 137 y Yodo 131 y, también, que prohibió la distribución de los hongos tipo shiitake producidos en la prefectura de Tochigi. ¿Qué significa esta información en el contexto del desastre?
La Comisión Nacional de Seguridad Nuclear y Salvaguardas de México, presenta en su página web como último reporte sobre este accidente la “nota informativa semanal sobre los acontecimientos en la central nuclear de Fukushima Dai-ichi” publicada por la Agencia Internacional de Energía Atómica, del 5 de octubre del año pasado.
La Secretaría de Energía de México presentó el 29 de febrero pasado su Estrategia Nacional de Energía 2012 – 2026, donde plantea tres escenarios para cubrir las necesidades de electricidad a esa fecha con “energías limpias”: 0 construcción de nucleoeléctricas, la construcción de 2 o la construcción de 8. Establece que la nucleoelectricidad es muy barata y que en su operación no emite gases de efecto invernadero. Es sorprendente que no mencionen la falta de uranio enriquecido nacional, la total dependencia tecnológica en la materia y los problemas de seguridad.
John Matson, en un artículo publicado en la revista Scientific American, el 6 de marzo pasado, se pregunta si un accidente nuclear de la escala de Fukushima podría ocurrir en los Estados Unidos, un año después. La respuesta se la dio Edwin Lyman, de la Unión de Científicos Comprometidos: la complacencia prevalece aquí tanto como en Japón. Considera que una amenaza mayor a una central nuclear es la pérdida de electricidad por un periodo prolongado que haga no funcionen los sistemas de enfriamiento de los reactores. Lyman dice que dichas plantas en Estados Unidos no están bien preparadas contra desastres naturales de gran envergadura, fallas simultáneas en varios sistemas y ataques terroristas. Es decir, son vulnerables a emergencias extremas porque el análisis de riesgo las cataloga como de muy baja probabilidad, lo que está equivocado.
Greenpeace Internacional publicó, en febrero de este año, un documento sobre las Lecciones Aprendidas en Fukushima. Establece que las causas claves de este accidente nuclear están basadas en las fallas institucionales de influencia política y la regulación dirigida por la industria nuclear. Fallaron las personas en instituciones claves para conocer el riesgo real de los reactores, fallaron el establecimiento y la aplicación apropiados de los estándares de seguridad nuclear y falló la protección de las personas y del ambiente. Las principales conclusiones de este reporte son que el accidente nuclear de Fukushima marca el fin del paradigma de la energía nuclear segura y que destapa la falla profunda y sistemática de las propias instituciones que se suponen deben controlar la generación de potencia nuclear y proteger a las personas de sus accidentes. La industria nuclear insistía que la probabilidad de un accidente grave ocurría una vez en cada 250 años; sin embargo, se observa que sucede una vez cada 10 años. La evaluación probabilística del riesgo usada en la industria nuclear falló y debe ser revisada, pero es la que siguen utilizando. Este reporte presenta y analiza las fallas sistémicas de la industria nuclear en tres temas: planeación de emergencias y evacuación; responsabilidades y compensaciones por los daños, y los reguladores nucleares.
Consideramos existen tecnologías que aprovechan las energías renovables, como las caídas de agua, el viento o el sol que ya son maduras y económicas, y pueden sostener el desarrollo energético de cualquier país. A nivel internacional, en los últimos cinco años, se han construido 22 veces más centrales eléctricas que operan con el viento y el sol que con energía nuclear (230,000 versus 10,600 MW). Las plantas eólicas y solares construidas durante el año 2011 son capaces de generar el equivalente a 16 grandes plantas nucleares.
En México, antes de emprender un programa nucleoeléctrico debemos considerar por lo menos los siguientes aspectos, acorde con el documento de Greenpeace: ¿Cómo sucedió el accidente nuclear de Fukushima en uno de los países industrializados más avanzados del mundo? ¿Por qué no funcionaron los planes de emergencia y evacuación para proteger de la exposición excesiva de radiación a la población? ¿Por qué las 90,000 personas que sufrieron más el impacto del accidente todavía no reciben el adecuado apoyo social y financiero? Si sólo el 3 por ciento de nuestra electricidad es generada con energía nuclear y tenemos más del 30 por ciento de capacidad de generación en exceso, como lo mencioné en esta columna el 28 de marzo del año pasado, insisto en que debemos cerrar temporalmente la central nucleoeléctrica de Laguna Verde para garantizar el bienestar de la población, nuestra seguridad energética y la soberanía nacional.

1 comentario:

Karla Cedano dijo...

Hace unos os días, cumplí años. Los aniversarios son pretextos perfectos para recapitular lo sucedido y hacer un balance, una sesión de "lecciones aprendidas" y a partir de eso, ajustar nuestras acciones futuras (en el mejor de los casos). Ha pasado un año desde el desastre nuclear más grave del siglo, este es no sólo un recuento de los daños, sino de las decisiones que otros países han tomado...