2 may. 2011

Chernóbil y Fukushima, qué aprendimos

Debemos analizar todos los accidentes que nos ocurren y obtener lecciones y conclusiones que permitan evitar o, por lo menos, minimizar la probabilidad de su repetición; aunque decimos que el ser humano es el único animal que se tropieza dos veces con la misma piedra. Existe una herramienta conocida como análisis de riesgo que es muy utilizada por los ingenieros, los médicos y, en particular, los actuarios que pretende identificar de la manera más precisa la probabilidad de ocurrencia de un evento, el daño que causaría y el costo que implicaría su arreglo; tema fundamental para la ingeniería industrial y para las compañías de seguros. También, es imprescindible señalar que diferentes sociedades aceptan distintos riesgos para alcanzar un mismo beneficio y que en una misma sociedad la aceptación de un riesgo varía con el tiempo. ¿Qué podemos aprender de los dos desastres nucleoeléctricos más graves en la historia?
A 25 años del accidente en la central nucleoeléctrica de Chernóbil, William Sweet publicó en la revista Spectrum, del Instituto de Ingenieros Eléctricos y Electrónicos (IEEE por sus siglas en inglés) de la que es uno de los editores, el 26 de abril de 2011, una análisis comparativo entre los accidentes de las centrales nucleoeléctricas de Chernóbil y de Fukushima.
Señala Sweet que ahora se considera que el accidente en Chernóbil fue causado porque este tipo de reactor, donde la reacción nuclear es moderada por grafito, tenía dos defectos de diseño: Cuando operaba a ciertos niveles de potencia y había una pérdida de enfriamiento, la reactividad de la planta se incrementaba abrupta y rápidamente y, adicionalmente, la estructura del contenedor interno, en lugar de ser un recipiente de acero presurizado como en la mayoría de los reactores, era una caja con una tapa débilmente unida en la que estaban insertadas todas las varillas de combustible y de control para que, si había un incremento repentino de presión, ésta se levantara y rompiera todas las varillas.
Es imposible de imaginar por qué los ingenieros soviéticos no se dieron cuenta de que diseñaron un reactor con esos defectos y, todavía más, imaginar por qué los operarios pusieron y mantuvieron al reactor en las condiciones más probables para que hubiera una explosión, señala Sweet.
Además, M. V. Ramana, investigador de la Universidad de Princeton, publicó en el Boletín del Científico Atómico, el 19 de abril de 2011, sobre el grave error de enfocarse en componentes individuales y no en el sistema completo al llevar a cabo un análisis de riesgos. Dicha revista fue creada en 1946 por científicos, ingenieros y otros expertos que crearon la bomba atómica como parte del Proyecto Manhattan y cuya misión es informar al público de los peligros impuestos a la sobrevivencia y desarrollo de la humanidad por las armas nucleares, el cambio climático y las tecnologías emergentes en el campo de las ciencias de la vida.
Por lo anterior, algunos expertos nucleares, señala Ramana, tienen un razonamiento aparentemente coherente pero muy equivocado: para cada sistema de seguridad, existe una pequeña probabilidad de que falle en un momento determinado, así que será extremadamente improbable que más de un sistema de seguridad fallen al mismo tiempo; por lo que un accidente severo no puede ocurrir a menos que múltiples sistemas de seguridad fallen simultáneamente o de manera secuencial y, por lo tanto, un accidente severo tiene una probabilidad bajísima de ocurrencia.
El reciente desastre en la central nucleoeléctrica de Fukushima nos enfrentó nuevamente al riesgo real que presentan las fallas comunes, nos señala Ramana: Un solo evento, el tsunami, causó la pérdida de electricidad en el complejo de los reactores, la pérdida del combustible para los generadores diesel auxiliares, la inundación de los interruptores eléctricos y, probablemente, el daño de las tomas de agua de mar para enfriamiento. Así, debemos aceptar la posibilidad de que todo pudiera ir drásticamente mal al mismo tiempo por una sola causa.
También, en Fukushima se repetirá trágicamente como en Chernóbil que los daños invisibles de largo plazo de los accidentes serán mucho peores que los visibles de corto plazo. Tomará décadas restaurar el ecosistema alrededor de la central de Fukushima, lo que aún no se ha logrado en Chernóbil.
Asimismo, habrá un número creciente de muertes en las décadas que vienen por cánceres inducidos por radiación. ¿Qué tantas? Es una pregunta vital en el ámbito de la seguridad industrial. En general, estas víctimas no serán identificadas porque es imposible determinar si un cáncer en particular fue producto de esta radiación y porque se espera, aún sin los accidentes nucleares, que en el futuro el número de muertes por cáncer aumente drásticamente. Sweet cita un estudio realizado por la epidemióloga Elisabeth Cardis, del Centro de Investigación en Epidemiología Ambiental, en Barcelona, que presenta estimaciones sobre el impacto en la salud de los europeos por el accidente en Chernóbil: las proyecciones de riesgo sugieren que se han causado 1000 casos de cáncer de tiroides y 4000 casos de otros cánceres, lo que representa el 0.01 por ciento de todos los incidentes de cáncer en Europa.
Chernóbil es el accidente nucleoeléctrico más importante en términos estrictamente físicos, ya que el reactor explotó y se quemó por días, enviando una gran cantidad de emisiones radiactivas a las capas altas de la atmósfera desde una localidad que era poco poblada. Sweet señala que Fukushima muestra que en términos de daños a la salud hay accidentes más graves que el de Chernóbil, donde un accidente menos severo en términos físicos puede emitir radiactividad más concentrada a una localidad más poblada.
Las conclusiones más importantes son, según Sweet: que los accidentes severos en reactores nucleares han ocurrido con mucha mayor frecuencia que los modelos de análisis de riesgo predecían, que el método probabilístico de análisis de riesgos no funciona bien en casos donde un solo evento causa fallas en múltiples sistemas de seguridad y que, en el futuro cercano, los accidentes catastróficos nucleoeléctricos son inevitables.
La lección más importante de Chernóbil y probablemente de Fukushima, nos propone Sweet, es que debemos esperar lo inesperado en la operación de una nucleoeléctrica.
El reto principal que presentan estos desastres es cómo establecer una política pública que considere los riesgos reales, los costos y el valor de la vida humana desde una perspectiva que no sólo evalúe una tecnología por sí misma sino al sistema complejo total, en un contexto amplio de la sociedad donde se implantará y con la participación de la sociedad civil.

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